«Arrogancia narcisista y la ceguera del poder» «No me detengo a escuchar porque tengo prurito anal…»

Dr. Crisanto Gregorio León

«La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero está enfermo». — San Agustín

¿No se ha encontrado usted alguna vez con que quiere hablar con una persona que ejerce un cargo público, se le acerca para plantearle una consulta, una inquietud o una solicitud legítima propia de sus funciones, y la persona no se detiene a escuchar, sino que acelera el paso y casi trota para dejarlo sin atender? ¿No ha presenciado esa escena patética en la que el funcionario, lejos de frenar, ¡apura la marcha como si huyera de la peste!, ¡obligando al ciudadano a tener la necesidad de perseguirlo!, como si el primero fuera un ser celestial o divino y el segundo un objeto invisible?

A esa lacra mental y conductual nos referimos en el presente artículo: a esos personajes investidos de una efímera autoridad que creen que los demás son inferiores a ellos y exigen, implícitamente, ser perseguidos por quienes acuden a solicitar una acción pública, una referencia o una rendición de cuentas. En lugar de colocarse de pie con la decencia que exhibiría cualquier ser humano normal, siguen caminando de largo, apresurándose al trote, buscando que los persigan para así humillar, denigrar y pisotear la dignidad del ciudadano. ¡Se creen superiores, se hacen sentir superiores!, y lo más grave es que hay quienes les siguen el juego, convirtiéndose en una especie de bizarros «paparazzi» involuntarios que corren detrás de un falso divo para obtener una respuesta que por ley y por simple educación debería darse de frente y con respeto.

Lejos de ser un halago, se utiliza aquí la figura del paparazzi con una ironía magistral y corrosiva: mientras que el paparazzi persigue voluntariamente a una celebridad de la farándula para acaparar una primicia y alimentar el ego de esa estrella, ¡aquí ocurre una perversión institucional y burocrática insólita! El ciudadano común y corriente —impulsado por una necesidad legítima de hacer una consulta, exigir un derecho o cumplir con un trámite de la administración pública— se ve forzado a convertirse en un involuntario reportero, obligado a trotar detrás de un funcionario infatuado que huye a paso redoblado, haciéndose el importante, para poder arrancarle una palabra.

Imagínese por un instante lo grotesco, absurdo y payasesco que se vería cualquier persona común y corriente, un simple mortal sin cargo público alguno, adoptando semejante pose en la calle; la sociedad entera se burlaría de su insania. Pero cuando el desdén adopta la variante de la falsa cortesía, el cuadro es aún más indignante: a veces sí se detienen a escuchar, pero se ponen estirados, rígidos, estirando el cuello y mirando hacia otra parte, como si el ciudadano que les habla fuera un insignificante enano al que no dignifican ni con el parpadeo.

Y es que, analizada la estampa desde la más pura antropología del ridículo, la prisa con la que este espécimen burocrático huye del ciudadano no responde a una agenda de Estado, sino a una suerte de reflejo somático involuntario. Su lenguaje corporal —crispado, apresurado al trote y con los glúteos en perpetua tensión defensiva— proyecta ante el soberano la inconfundible estampa de quien camina con un prurito anal agudo, intentando disimular una picazón invisible que le impide detenerse a conversar con los simples mortales. Se comportan, en suma, como almas en pena a las que el ego les quema por dentro y el prurito les arrebata la decencia pública.

Es una inversión patética y denigrante de la realidad: el servidor público, que por definición debe rendir cuentas y atender de frente a la ciudadanía, se autoproclama divinidad intocable, obligando al soberano (el pueblo) a mendigar su atención como si persiguiera a un famoso en alfombra roja. Ese símil expone con una claridad fulminante la miseria ética y la soberbia de quienes padecen los trastornos del poder.

Este comportamiento, que en la dinámica de la administración pública resulta inadmisible, no es una mera falla de cuna o simple mala educación cotidiana; analizado rigurosamente desde la psicología social y la psiquiatría, responde a constructos muy específicos que explican esa profunda desconexión con la empatía:

1. El Síndrome de la Hubris (Hubris Syndrome)

En psiquiatría y psicología política, la hubris (del griego ὕβρις, la desmesura y la soberbia extrema) se define con precisión clínica como una embriaguez de poder.

  • Cómo se manifiesta: Es un trastorno adquirido que afecta de manera implacable a quienes ocupan cargos públicos. Quienes lo padecen desarrollan una confianza en sí mismos desmesurada, un desprecio absoluto por la necesidad ajena y una pérdida total y alarmante de contacto con la realidad social.
  • En el escenario cotidiano: El funcionario que acelera el paso al trote o estira el cuello con altanería sufre precisamente de esta «ceguera de poder»; asume neciamente que su efímera investidura lo sitúa en una superioridad ontológica donde el ciudadano común no merece ni la cortesía elemental de la mirada frontal.

2. El Trastorno de la Personalidad Narcisista y la Arrogancia

Desde la óptica de la psicología clínica, este desdén sistemático es la manifestación más pura de una arrogancia narcisista.

  • Cómo se manifiesta: El sujeto narcisista se caracteriza por un sentido grandioso de su propia importancia, una necesidad insaciable de admiración y una carencia absoluta de empatía; es decir, la absoluta incapacidad de reconocer los derechos de los demás.
  • En el trato diario: No detenerse a escuchar —¡o hacerlo con la mirada esquiva y el mentón alzado para empequeñecer al interlocutor!— constituye una microagresión de poder que alimenta enfermizamente su frágil ego. Para esta clase de individuos, el peticionario no existe como un ciudadano con derechos, sino como un elemento irrelevante en su teatro de grandeza.

3. La Despersonalización Social y el Desdén Jerárquico

Desde la sociología, este fenómeno se tipifica bajo el concepto de despersonalización del ciudadano.

  • Cómo se manifiesta: El sujeto reduce al semejante a la categoría de simple paisaje o estorbo urbano. No percibe a un administrado exigiendo respuestas, sino a una molestia pasajera que interrumpe su solemne trayecto.
  • En la práctica institucional: Al actuar como estrellas de cine acosadas por un séquito mientras escapan al trote o levantan el mentón con desdén, ejercen una forma pasivo-agresiva de dominación. El mensaje implícito resulta lapidario: «Mi tiempo vale infinitamente más que el tuyo; tu drama me importa un bledo».

Colofón

Los funcionarios públicos no deben ni pueden comportarse de esa manera. Más allá de cualquier diagnóstico clínico formal, lo que aquí describimos es la patología de la autoridad mal manejada: la metamorfosis grotesca del servicio público en un delirio de nobleza autoproclamada. El burócrata olvida, en su soberbia obcecación, que el despacho, la silla y el cargo son pasajeros, pero que la bajeza del trato deja una huella indigna que la historia y la ciudadanía terminan cobrando con creces.

«Cuando la necesidad de admiración y la falta de empatía se combinan con la autoridad, el servidor público deja de ver seres humanos y comienza a ver solo espectadores o molestias». — Heinz Kohut (Especialista en la psicología del narcisismo y del Self)

Dr. Crisanto Gregorio León Profesor Universitario / Broadcaster crisantogleon@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *