El desprecio de quienes no pueden doblegarte

Por el Dr. Crisanto Gregorio León

«Quien no consigue doblegar tu conciencia puede intentar desacreditar tu persona; quien no consigue convertirte en cómplice puede terminar tratándote como enemigo».

Hay una forma de hostilidad que nace de la impotencia ante la independencia ajena. Se manifiesta cuando alguien descubre que no puede manipular a otra persona, inducirla a cometer errores, hacerla caer en trampas ni conseguir que renuncie a su propio criterio. Entonces, aquello que comenzó como un intento de dominación puede transformarse en resentimiento, desprecio y animadversión. El individuo que se resiste deja de ser considerado un interlocutor con quien discrepar y pasa a ser visto como un obstáculo que debe apartarse, desacreditarse o destruirse moralmente. En determinadas personalidades, la imposibilidad de ejercer control sobre los demás puede experimentarse como una afrenta a la propia importancia. La psicología permite examinar este fenómeno a través de conceptos como la herida narcisista, la necesidad de reconocimiento y las reacciones defensivas ante la frustración. No significa que toda persona que experimente ira padezca un trastorno, sino que, en ciertos casos, la incapacidad de someter al otro hiere una imagen de superioridad que necesita ser confirmada constantemente.

El fenómeno se vuelve todavía más revelador cuando el blanco de esa hostilidad es alguien cuyos méritos, conocimientos, principios o capacidad de discernimiento no pueden ser fácilmente anulados. En lugar de reconocer sus cualidades, quien se siente amenazado puede recurrir a la desvalorización, la envidia o el descrédito. Si no consigue demostrar que el otro es inferior, procura hacerlo parecerlo; si no logra vencer sus argumentos, intenta desacreditar a quien los formula. Cuando los méritos ajenos se convierten en una amenaza para el orgullo propio, el reconocimiento puede ceder su lugar al resentimiento. La persona que no se deja engañar, que advierte las contradicciones y que distingue entre lo correcto y lo incorrecto resulta incómoda para quienes necesitan que los demás acepten sus versiones sin examinarlas. De allí puede surgir una conducta paradójica: se exige respeto a quien se desprecia, se reclama consideración de quien se intenta perjudicar y se espera reconocimiento de quien ha descubierto las propias contradicciones. No se busca necesariamente una relación entre iguales, sino una subordinación que confirme la posición de quien pretende dominar.

A este cuadro pueden incorporarse otros mecanismos estudiados por la psicología, como la proyección y la disonancia cognitiva. La primera puede llevar a una persona a atribuir a los demás defectos, intenciones o conductas que le resulta difícil reconocer en sí misma; la segunda describe la incomodidad que surge cuando las propias creencias, actuaciones o convicciones entran en contradicción. Frente a esa incomodidad, algunos individuos revisan su comportamiento, pero otros procuran descalificar los hechos, desacreditar a quien los señala o construir una explicación que les permita conservar intacta su imagen personal. Es más fácil, para quien se niega a examinar su propia conducta, convertir al mensajero en enemigo que enfrentarse al mensaje que le resulta incómodo. Así, quien señala una irregularidad puede terminar acusado de ser conflictivo; quien defiende un principio puede ser presentado como obstinado, y quien se niega a aprobar una actuación censurable puede ser tratado como desleal. La inversión de responsabilidades se convierte entonces en una forma de defensa: ya no se discute aquello que se hizo, sino que se intenta desacreditar a quien se atrevió a señalarlo.

Cuando la manipulación fracasa, la hostilidad puede adquirir formas más silenciosas, pero no por ello menos significativas. Aparecen la indiferencia deliberada, la exclusión, el aislamiento, las insinuaciones destinadas a erosionar la reputación y los intentos de privar al individuo de reconocimiento ante los demás. El desprecio puede utilizarse como una herramienta de castigo: se le retira la palabra, se evita su presencia, se minimizan sus méritos o se procura hacerle sentir que su independencia tiene un precio. En los ambientes donde existen intereses comprometidos, estas conductas pueden alcanzar especial gravedad cuando se dirigen contra quien se niega a encubrir hechos, legitimar decisiones cuestionables o participar en actuaciones contrarias a sus convicciones. Quien no acepta ser instrumento de una voluntad ajena puede convertirse en blanco de quienes confunden la lealtad con la obediencia y el respeto con la pleitesía. Sin embargo, conviene distinguir: discrepar no es necesariamente perseguir, ignorar no siempre constituye una agresión y una acusación no demuestra por sí sola la existencia de corrupción. Lo decisivo es examinar las conductas concretas, sus circunstancias y sus consecuencias, sin permitir que las etiquetas sustituyan a los hechos. La crítica más sólida no necesita inventar motivos ni atribuir enfermedades: le basta con exponer las contradicciones entre lo que se exige y lo que se practica.

Frente a esa realidad, la verdadera fortaleza consiste en conservar la autonomía intelectual y moral sin convertir la dignidad en soberbia ni la firmeza en intolerancia. Nadie está obligado a llamar justo a lo injusto, verdadero a lo falso o correcto a lo incorrecto para satisfacer las expectativas de quienes desean controlar su pensamiento. Tampoco necesita responder al desprecio con desprecio, ni demostrar su valor mediante una confrontación permanente. La independencia de criterio exige algo más difícil: examinarse a sí mismo, sostener las convicciones con argumentos, reconocer los propios errores cuando existan y no renunciar a los principios por temor al rechazo. La conciencia no debe alquilarse para comprar aceptación, ni la verdad sacrificarse para obtener la aprobación de quienes preferirían no escucharla. Quienes pretenden doblegar a los demás pueden encontrar en la exclusión o el descrédito instrumentos para ejercer presión, pero ninguna de esas maniobras convierte automáticamente la falsedad en verdad ni la obediencia en virtud. Al final, la medida de una persona no está en cuántos consigue someter, sino en la honestidad con la que se relaciona con los demás; y la medida de la dignidad ajena no depende de la aprobación de quienes intentan negársela.

«El desprecio de quienes no pudieron doblegarte no disminuye tu dignidad: revela el precio que están dispuestos a pagar para no enfrentarse a su propia conciencia. Porque quien permanece fiel a la verdad podrá perder la aprobación de los poderosos, pero jamás debería perder el respeto por sí mismo».

«La inteligencia permite descubrir el engaño; la prudencia, no caer en él; y la dignidad, no convertirse en aquello que uno combate».

Dedicatoria

Dedico estas artículo a los soberbios que confunden el poder con la razón; a los aduladores que convierten la pleitesía en virtud; a los serviles que, después de renunciar a sus propios derechos, se erigen en guardianes de la privación ajena; a los envidiosos que prefieren ver apagada la luz del prójimo antes que encender la propia; y a los émulos de Procusto, que, no pudiendo elevarse, pretenden rebajar a cuantos los superan.

A los pequeños déspotas de grandes pretensiones; a los arquitectos del descrédito; a los expertos en proyectar sobre otros las miserias que se niegan a reconocer en sí mismos; a quienes padecen la embriaguez de la hibris y a quienes, sin poseer el poder, se apresuran a custodiarlo como si de él dependiera su propia existencia.

Y, por supuesto, a los discípulos espirituales de Stephen Candie: aquellos que, cuando se les pregunta qué desean, no reclaman para sí la libertad, la dignidad o el derecho, sino que responden, en el fondo de sus actos: «No necesito tenerlo; me basta con que tú tampoco lo tengas».

Para todos ellos, estas páginas: no como diagnóstico de sus personas, sino como espejo de unas conductas que merecen ser examinadas. Porque nada resulta más revelador que quien, habiendo renunciado a su propia libertad, dedica sus esfuerzos a impedir la libertad ajena; ni más patético que quien, incapaz de alcanzar la altura de otro, convierte su propia pequeñez en una cruzada contra la grandeza.

Nota editorial: Este artículo constituye una reflexión de psicología social y conducta humana. Los conceptos psicológicos se emplean con fines explicativos y no como diagnósticos clínicos de personas determinadas.

Doctor Crisanto Gregorio León 

Profesor universitario / Broadcaster 

Correo electrónico: crisantogleon@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *