«Desprecio y repugnancia versus el respeto y la admiración»


¿De qué lado se encuentra usted, señora jueza o señor juez?

Doctor Crisanto Gregorio León

«Nuestros tribunales son los grandes niveladores. En ellos todas las personas nacen iguales. La justicia no es una dádiva del poder estatal ni un capricho del funcionario de turno; es una ciencia de la equidad que colapsa por completo cuando la ignorancia y la inmoralidad se apoderan del estrado». — Fragmento inspirado en el histórico alegato del abogado Atticus Finch (interpretado por Gregory Peck) en la obra cumbre del cine judicial To Kill a Mockingbird (1962), dirigida por Robert Mulligan; una pieza imperecedera que retrató la batalla de la lucidez jurídica contra los prejuicios y la arbitrariedad institucional.

El ejercicio de la judicatura y la función fiscal representa el pilar fundamental sobre el cual descansa la arquitectura republicana de la civilización. En este recinto sagrado del saber legal, el auténtico administrador del derecho destaca como un baluarte de pulcritud, donde la rigurosidad científica, la sapiencia inmarcesible y el respeto al principio iura novit curia dictan el rumbo de cada decisión formal. Estos servidores públicos no contemplan las normas de manera mecánica; por el contrario, las asumen como una doctrina viva que exige devoción intelectual y una honestidad a toda prueba. Su presencia en las audiencias inspira consideración reverencial, dignificando la investidura que portan con una elegancia que trasciende lo puramente estético para radicarse en lo moral. La ciudadanía halla en su gestión la certeza de que la ley jamás se convertirá en un instrumento de caprichos individuales, sino en un reflejo fiel de la equidad natural. Son profesionales insignes que se respetan a sí mismos y proyectan decoro.

A estos magistrados de excepción se les admira no por el poder circunstancial que ostentan, sino por la profundidad de su bagaje conceptual y la coherencia de su trayectoria pública. Cuando un litigante o un ciudadano comparece ante una autoridad de tal envergadura moral, experimenta la satisfacción institucional de constatar que la controversia será resuelta bajo el amparo de la lógica formal y la sana crítica. Los secretarios, asistentes y demás empleados que operan bajo su dirección adoptan esa misma mística laboral, elevando el estándar de la oficina jurídica a niveles de excelencia académica. El verdadero juzgador destaca por su constante actualización doctrinaria, su desprecio por la lisonja cortesana y su apego inquebrantable a las garantías constitucionales. Su firma al pie de una resolución no constituye un mero acto burocrático, ni una simple manifestación de la democracia; es la estampa viva de un conocimiento profundo propio de la ciencia del derecho, un acto de fe investido de ética, dignidad y una alta moralidad que representa lo más excelso de la judicatura y del gremio de abogados.

La frontera divisoria entre este grupo de jurisconsultos ilustres y sus contrapartes no radica en los títulos académicos que cuelgan en sus despachos, sino en la autoconciencia plena de su elevada misión social. Quienes habitan en esta dimensión del respeto mutuo actúan con la tranquilidad del artesano técnico que domina su oficio y decide conforme a postulados universales. Existe una paz intrínseca en el juzgador que fundamenta sus fallos en la verdad procesal comprobada y en el análisis dogmático más exigente. La admiración que despiertan constituye un tributo espontáneo a su integridad, una corriente de gratitud social que los protege del olvido histórico. Estudiar sus ponencias o examinar sus dictámenes se convierte en un auténtico deleite intelectual que reconcilia al operador jurídico con su profesión original. Estos hombres y mujeres, elegantemente revestidos de conocimientos válidos, ejercen una autoridad legítima que emana de su idoneidad moral, consolidando el respeto integral de toda la comunidad.

Es bajo esta premisa de perfección técnica donde comprendemos que el conocimiento sin integridad moral genera monstruos administrativos; la verdadera magistratura no radica en el poder formal de firmar decretos, sino en la autoridad incuestionable que otorga el saber riguroso puesto al servicio de la verdad desnuda. Esta sentencia nos evoca de inmediato aquella máxima lapidaria de El Libertador Simón Bolívar, quien advertía con lucidez histórica que el talento sin probidad es un azote. Cuando el genio legal se desvincula de la rectitud ética, se convierte en un peligro público capaz de retorcer la norma para favorecer la injusticia. No obstante, frente a ese peligro, la sociedad civilizada siempre ha implorado la aparición de juzgadores excepcionales: aquellos que poseen un talento sobresaliente y que, en perfecta comunión con esa capacidad, ostentan una conciencia moral espléndida. Son esos servidores idóneos los que encarnan el ideal supremo del foro, motivando el ruego histórico que clama a Dios por la concesión de jueces santos para los pueblos.

En las antípodas de este escenario republicano, nos topamos con una realidad degradante y dolorosa: aquellos funcionarios que despiertan un absoluto e inevitable desprecio ciudadano. Si el talento sin probidad constituye un azote devastador, la ausencia absoluta de ambos atributos representa la ruina definitiva del sistema; no hay peor calamidad judicial que un despacho donde no habita ni el talento técnico ni la probidad moral. En tales oficinas, la ignorancia atrevida se disfraza de potestad estatal, y el pernicioso efecto Dunning-Kruger se manifiesta en toda su trágica dimensión, haciendo que quienes menos entienden crean que lo dominan todo. Son individuos que deciden en una penumbra teórica espantosa, incapaces de comprender la naturaleza de las instituciones que manejan de forma tan descuidada. Su cercanía en los circuitos institucionales resulta molesta, asemejándose a zorrillos que contaminan el entorno legal con determinaciones que huelen a arbitrariedad vulgar y a componendas oscuras que destruyen por completo la fe pública.

El drama alcanza su punto más álgido cuando estos personajes se aventuran a redactar sentencias que carecen de pies o cabeza, verdaderos engendros conceptuales que enredan lo que debiera ser diáfano. Al leer tales fallos, queda en evidencia que se encuentran más perdidos que el recordado hijo de Lindbergh, deambulando sin brújula teórica en un mar de contradicciones textuales. Su ignorancia supina se traduce en dictámenes aberrantes que atropellan la lógica formal y los principios generales de la legislación, causando un padecimiento indecible a los justiciables y una profunda vergüenza a la comunidad jurídica internacional. Cuando estampan su firma al final de un fallo defectuoso, esa rúbrica no es un acto técnico, sino la confesión gráfica de su fraude intelectual; un trazo carente de ética y huérfano de decoro que denota el vacío absoluto de su conocimiento y la bajeza moral de quien prostituye el oficio, representando la peor degeneración del derecho y la mayor ofensa para el uniforme de los abogados.

Este sector corrompido de la judicatura se sentirá irremediablemente retratado en estas líneas, pues el espejo de la crítica no miente y refleja con nitidez su fealdad técnica. Mientras el magistrado de sapiencia descansa con la tranquilidad del deber cumplido, el funcionario mediocre habita en un estado de zozobra constante, sabiendo que su fraude intelectual quedará expuesto ante la opinión pública. Además de que se han comprado toda su tiquetería para entrar al infierno donde Satanás los está y las está esperando, el desprecio comunitario que reciben es apenas un minúsculo castigo a su ramplonería, un estigma que ni los cargos ni las influencias políticas lograrán borrar jamás. Ambos grupos conviven en el mismo sistema, pero habitan universos éticos opuestos: unos representan la luz del saber riguroso, mientras los otros encarnan la oscuridad de la necedad administrativa. Al final, cada juez, fiscal o secretario elige qué conducta asumir en el foro, sabiendo que la historia los recordará con los máximos honores o con el más rotundo desprecio por haber traicionado los sagrados principios jurídicos de la república.

«¿Qué es la justicia? La intención de la justicia es ver que los culpables sean declarados culpables y que los inocentes sean liberados. Solo que no es tan simple; cuando ambas partes solo quieren ganar sin importar la verdad, todo el sistema entra en descomposición». — Diálogo emblemático de Arthur Kirkland (interpretado por Al Pacino) en la icónica película judicial …And Justice for All (1979), dirigida por Norman Jewison, que expone la desgarradora corrupción y la pérdida de rumbo moral dentro de los tribunales estadounidenses.

Doctor Crisanto Gregorio León

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario y Broadcaster
crisantogleon@gmail.com

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