Dr. Crisanto Gregorio León
«No son todos los que están, ni están todos los que son: esto es solo para los prevaricadores que están y los prevaricadores que son».
Interpretación auténtica
El subtítulo del presente artículo no constituye una generalización, sino una delimitación clara del alcance de esta advertencia. La máxima utilizada es una precisión necesaria: este mensaje no interpela a la institución en su esencia, sino a la conducta de individualidades que, dentro de ella, se alejan de la rectitud y que cada cual sabe quién es.
Si bien la judicatura y el Ministerio Público, en su abstracción, deben estar integrados por funcionarios probos —quienes representan la virtud que el ente exige—, este escrito sostiene su análisis en el plano de los principios generales para señalar exclusivamente a aquellos que, por sus actos concretos de prevaricación y falta de idoneidad, han decidido actuar al margen de la ley y de la justicia justa. Por tanto, este ejercicio crítico no se dirige al gremio, sino exclusivamente a quien, al reconocerse en tales prácticas, asume la responsabilidad de su propio proceder; de modo que lo que aquí se explica solamente está dirigido para aquellos que son prevaricadores y para aquellos que están en la prevaricación.
En consecuencia, cualquier pretensión de sentirse aludido por parte de funcionarios que ejercen sus funciones bajo el estricto cumplimiento de la ley, la ética y la probidad, carece de fundamento, toda vez que este texto constituye una censura a la conducta desviada y no a la investidura. La distinción entre el cargo y el hombre es, en este análisis, el límite infranqueable que separa la crítica constructiva del juicio moral que aquí se ejerce.
¡Luego no digan que no lo escucharon!
Si usted no ha prevaricado, este mensaje no va dirigido a su conciencia y por ende su alma está salva.
Como bien advierte la Escritura en Proverbios 11:1, «el peso falso es abominación al Señor, mas el peso cabal le agrada»; y en Proverbios 20:23, «abominación son al Señor las pesas falsas, y la balanza falsa no es buena». Sin embargo, los funcionarios que han hecho de la justicia una injusticia, un mercado de prevaricación, han convertido el estrado en un templo lleno de perdición, instruyendo por precio y sentenciando por soborno, mientras intentan ocultar su proceder invocando vanamente al Altísimo. Cometen el sacrilegio de jurar sobre la Biblia, forzando a los órganos de prueba a mancillar su palabra bajo ese mismo juramento falso, transformando el tribunal en un teatro de hipocresía donde Dios es utilizado como máscara de sus mentiras. Esta burla cínica contra el Creador —al instrumentalizar su nombre para validar la injusticia— no pasará por alto; les aguarda el peso de la condenación eterna.
La palabra de Dios ha llegado a los oídos del prevaricador una vez más para recordarle una verdad atemporal: la justicia no es un juguete en manos de los arrogantes. La parábola aquí integrada va dirigida exclusivamente a aquellos jueces y fiscales que, vistiendo la toga con deshonra, ignoran deliberadamente el principio de presunción de inocencia y pisotean la libertad del ciudadano. Aquellos que han aceptado cargos para los cuales carecen de la mínima virtud, y cuya conducta —caracterizada por un error inexcusable— los hace incurrir en prevaricación, y por decisión consciente han cambiado los atrios del cielo por las llamas eternas del infierno. Quienes, en la práctica, demuestran ser analfabetos de lo sagrado al no sopesar en la balanza mística sus decisiones y procederes, por carecer de idoneidad técnica y ética, han convertido su investidura en una toga demoníaca, por querer burlarse del Altísimo, quien no tolera tal afrenta. Es que, cada vez que estampan su firma en una acusación o condena injusta, no solo sellan la suerte de un inocente; están suscribiendo voluntariamente un pacto con el abismo, aceptando la condena de sus almas por sus propios pecados por toda la eternidad. Es, en esencia, un sí consciente a las tinieblas, un contrato donde, al entregar la libertad ajena, están entregando —con su propia rúbrica— su alma al infierno.
El júbilo de aquel juez que actúa con malicia es apenas un instante, pero la condenación les aguarda en los círculos infernales descritos por Dante Alighieri en su obra maestra, La Divina Comedia. Específicamente, en el octavo círculo, aquel reservado para quienes han cometido fraude, los jueces y fiscales que han prevaricado ocupan la quinta fosa. En este foso, los corruptos son sumergidos en alquitrán hirviente, una sustancia viscosa y pegajosa que simboliza la inmundicia de sus negociaciones y la forma en que los sobornos los mantienen atrapados en su propia maldad. Así como ellos intentaron oscurecer la justicia con sus actos, en la eternidad son vigilados por los Malebranche, demonios feroces que, con ganchos, impiden que alcancen la superficie, siendo este el castigo ineludible por haber mercantilizado la ley que debían proteger.

Pero aquellos que han colmado su soberbia con un poder vacío, olvidando que el iura novit curia es un mandato y no una sugerencia, serán envueltos en el fuego eterno como quien vierte sobre sí gasolina y luego se prende fuego por decisión propia. El desconocimiento de las garantías fundamentales es, en quienes actúan así, un veneno corrosivo de sus propias esencias que los precipita directamente hacia el fondo del Hades. Quienes prevarican en la judicatura o en el Ministerio Fiscal se autoinoculan el veneno de áspid que sedujo a los hijos de Dios a comer del fruto prohibido.
Aquellos jueces y fiscales que eligen comportarse de manera vil han de saber que han buscado que su propia sentencia sea tan implacable como burleteros han sido ustedes de las leyes y del nombre de Dios. Cada vez que intentan justificar su actuar con falacias de desvío y el fraude de ley, se clavan la saeta de su propia perversión y compran, con su conducta, toda la ticketería como emigrantes al infierno; donde les espera quemarse en sus llamas por toda la eternidad. Prevaricadores que han violentado la libertad de los inocentes, que han quebrantado el principio de in dubio pro reo, que han pisoteado el principio según el cual los juicios deben hacerse en libertad y han tergiversado la pureza de la flagrancia como si fuera un término elástico; sepan que tan eterna va a ser la condena de ustedes como el dolo con el que han actuado.
Como bien advierte el Maestro en Mateo 7:21, «no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». De nada servirá invocar el nombre de Dios ante el estrado humano, pues la hipocresía de los prevaricadores no tiene cabida ante el Juez Supremo. ¿O es que acaso creen, jueces y fiscales corruptos o prevaricadores, que cuando cometen perjurio y hacen cometer perjurio a los órganos de prueba para condenar a inocentes, Dios no se da cuenta?
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario
Ex sacerdote


