Nabal y el espejo de la mezquindad

Doctor Crisanto Gregorio León

«¡O cuando dejas de ser David para convertirte en Nabal!»

«No niegues el bien a quien se le debe, cuando esté en tu mano el hacerlo.»

Proverbios 3:27

El egoísmo y la mezquindad son extravíos de la condición humana que no dependen de la época ni del ropaje con que se viste el poder. Aunque la memoria bíblica inmortalizó a Nabal como el prototipo del rico insensato y mezquino que niega el pan al necesitado, la realidad contemporánea nos demuestra con amargura que los roles se invierten con facilidad. En la sociedad actual, cualquiera que haya alcanzado una posición de ventaja o recursos —incluso quien por sus méritos o responsabilidades debería encarnar la nobleza de un David— puede sucumbir a la descomposición del carácter, comportándose con la misma petulancia, soberbia y tacañería que sofoca el auxilio debido a los demás.

Nabal era un hombre de inmensa fortuna que habitaba en las tierras de Maón, poseedor de tres mil ovejas y mil cabras, cuya opulencia contrastaba violentamente con la indigencia de su espíritu. A pesar de contar con bienes abundantes para asegurar el sustento de varias generaciones, la tradición y los textos antiguos lo describen como un individuo duro, insensato, de modales brutales y de una pedantería infatigable. Acostumbrado a medir el valor de los seres humanos únicamente por la cantidad de posesiones acumuladas, se vanagloriaba de sus riquezas mientras miraba con absoluto desprecio a quienes atravesaban dificultades o solicitaban algún gesto de solidaridad humana elemental.

En aquel tiempo, David y sus hombres se encontraban en el desierto pasando privaciones y necesidades extremas tras un largo periodo de penurias. Durante meses, la tropa de David había actuado como un muro de protección natural para los pastores y los rebaños de Nabal, cuidando que ningún bandido dañara sus propiedades en el monte. Al llegar la época del esquileo, un tiempo festivo caracterizado tradicionalmente por la abundancia, la hospitalidad y el reparto generoso de vituallas, David envió a diez de sus jóvenes con un saludo respetuoso a pedir humildemente algún auxilio para alimentarse tras tanto esfuerzo en favor de sus propiedades.

La respuesta de Nabal fue un monumento a la jactancia y a la miseria humana. Lejos de reconocer el resguardo que habían recibido sus bienes, reaccionó con una soberbia desmedida, cuestionando con sarcasmo la identidad de David y tildando a sus hombres de siervos rebeldes que huían de sus amos. Con absoluta tacañería, declaró tajantemente que no tomaría su agua, ni la carne de sus reses sacrificadas para sus trabajadores, para dársela a desconocidos cuya procedencia ignoraba. Su negativa no obedecía a la falta de recursos, sino a la patológica incapacidad de compartir los alimentos con quien le extendía la mano pidiendo auxilio.

Ante la inminente tragedia que la arrogancia de Nabal estaba a punto de provocar, fue la intervención providencial de su esposa, Abigail, la que evitó el desastre. Mujer de notable inteligencia, sensatez y generosidad, actuó a espaldas de su mezquino marido al enterarse del desprecio cometido. De inmediato hizo cargar sobre asnos una abundante provisión de pan, vino, grano tostado, tortas de higos y ovinos ya preparados para llevarlos al encuentro de David. Con una diplomacia impecable y una actitud humilde, Abigail reparó la afrenta de su esposo, demostrando que la nobleza de alma y la prontitud para socorrer al hambriento salvan vidas y restauran la dignidad.

El destino final de Nabal constituye una lección atemporal sobre la esterilidad de la avaricia y el inevitable colapso de la arrogancia. Al enterarse al día siguiente, en medio de la resaca de sus ostentosos banquetes, del peligro del que había sido librado y de la generosidad de su esposa, su corazón sufrió un colapso y quedó paralizado como una piedra, falleciendo poco tiempo después. La moraleja de esta historia resuena con fuerza en nuestros días: la verdadera miseria no radica en la escasez de bienes materiales, sino en la aridez del corazón que, teniendo la capacidad de proveer al necesitado, se ciega en su vanidad; los bienes mal administrados con mezquindad se convierten en el propio castigo de quien se niega a practicar la compasión.

«El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído.»

Proverbios 21:13

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario y Broadcaster

crisantogleon@gmail.com

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