Por: Doctor Crisanto Gregorio León
«Un juez que se arrodilla ante el poder o ante el dinero deja de ser la balanza de la justicia para convertirse en el verdugo de la verdad». — Inspirado en los dilemas éticos del filme …And Justice for All (Justicia para todos, 1979), dirigido por Norman Jewison y protagonizado por Al Pacino.
Este artículo no aplica a los jueces probos , estudiosos , capacitados y decentes, no aplica a los jueces honestos ni éticamente formados, ni a aquellos cuya estructura mental sana y principios , les vienen de una formación familiar con valores. Tampoco aplica a los jueces que tienen verdadero temor de Dios y respeto a las leyes. Solo aplica a aquellos jueces que se han comprado toda la tiquetería para entrar al infierno.
La investidura judicial exige una rectitud inquebrantable, pero hoy presenciamos con horror cómo algunos individuos deshonran la toga utilizándola como un escudo para la impunidad. Es alarmante ver a personajes que exigen ser llamados «juez» o «la juez» con una soberbia desmedida, mientras en la penumbra de sus despachos pisotean el derecho y la moral. La verdadera autoridad no emana de un nombramiento burocrático ni de la imposición del miedo, sino del respeto reverencial a la ley y de una conducta pública y privada impecable. Cuando un funcionario judicial carece de integridad, su título se transforma en una burla trágica para los ciudadanos que buscan amparo frente a la injusticia. Quien pretenda el respeto de la sociedad primero debe demostrar que sus manos están limpias y que su conciencia no tiene precio, pues de lo contrario, la majestad de la magistratura se reduce a un vulgar teatro de vanidades y simulaciones groseras que indignan a la colectividad entera.
El ecosistema de la corrupción se alimenta de las peores bajezas humanas: la prevaricación deliberada, el tráfico de influencias y el chantaje descarado. Es una barbaridad inadmisible que quienes están llamados a resolver los conflictos sociales recurran a mañas, artificios y tácticas dilatorias con el único propósito de extorsionar a las partes o favorecer al mejor postor. Estos mercaderes tuercen el espíritu de las normas jurídicas mediante interpretaciones amañadas, cometiendo delitos flagrantes bajo el cobijo de una impunidad corporativa. La perversidad con la que se construyen sentencias falsas o se engavetan expedientes legítimos demuestra una maldad intrínseca que destruye la confianza institucional. Un individuo que vende sus decisiones o que cede ante presiones políticas no es un servidor público; es un delincuente con credencial que utiliza el castigo estatal como un arma de destrucción masiva contra los inocentes.
La soberbia y el delirio de grandeza suelen ser las máscaras predilectas de la incompetencia y la podredumbre moral dentro de los tribunales. Resulta grotesco escuchar a estos operadores gritar con altanería «¡yo soy la autoridad!» mientras sus resoluciones carecen de la más elemental lógica jurídica y científica. Este tipo de funcionarios mediocres compensan su evidente falta de conocimiento legal con maltrato psicológico, humillaciones a los litigantes y un autoritarismo propio de tiranías medievales. Exigen un vasallaje sumiso que ellos mismos son incapaces de otorgar a la dignidad humana, olvidando que el cargo es temporal pero la deshonra es perpetua. El verdadero juzgador se expresa a través del derecho razonado y la templanza, no mediante el grito destemplado, la amenaza institucional o el uso arbitrario del aparato de fuerza del Estado para saciar complejos personales y frustraciones de carácter.
La quiebra ética de un magistrado se manifiesta con mayor crudeza cuando se normaliza el nepotismo, el cobro de comisiones y los pactos oscuros en despachos clandestinos. Las investigaciones globales revelan cómo las mafias diseñan intrincadas redes de testaferros y secretarios cómplices para blanquear los recursos provenientes del cohecho y la extorsión. Esta red de corruptelas no solo despoja a las víctimas de sus bienes patrimoniales, sino que arrebata la libertad y la vida misma mediante juicios penales amañados y prefabricados. Es un acto de alta traición social que un ciudadano acuda a una corte buscando equidad y se encuentre con un mercado de decisiones previamente transadas. El daño moral que estos pseudo-jueces causan al tejido democrático es incalculable, pues validan la premisa criminal de que el castigo solo persigue al descalzo y protege al poderoso corruptor.
Para sanar el sistema es urgente erradicar la impunidad y aplicar sanciones ejemplares que desalojen a las manzanas podridas de las judicaturas de una vez por todas. Un funcionario corrupto representa el mayor peligro para la seguridad jurídica de una nación, ya que su actuación subvierte el orden constitucional desde sus propios cimientos institucionales. La sociedad civil, la academia y los gremios profesionales no pueden permanecer indiferentes ni callar ante el descaro de quienes convirtieron la sagrada misión de juzgar en un negocio criminal. Debemos arrebatarles la toga de la que se sirven para delinquir y someterlos al mismo banquillo de los acusados que ellos profanaron con su codicia. Solo cuando los malhechores teman verdaderamente a la fuerza de la ley y sufran el desprecio público, podremos reconstruir un poder judicial digno, independiente y transparente.
Cláusula de Salvaguarda Jurídica, Contraloría Social y Ejercicio Editorial: El presente artículo de opinión constituye un ejercicio legítimo de crítica institucional y contraloría social, fundamentado estrictamente en las garantías universales de la libertad de expresión. Esta consideración técnica encuentra su blindaje convencional en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en la doctrina vinculante de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), organismos que consagran el derecho inalienable de los ciudadanos, intelectuales y académicos a someter a escrutinio público el desempeño de las instituciones del Estado y de sus servidores. Por tratarse de un análisis estructural, abstracto y de evidente interés público, este texto no persigue fines difamatorios personales; de modo que cualquier intento de coacción o persecución legal carecerá de base jurídica. Aplica aquí el axioma clásico: «Qui s’excuse, s’accuse» (quien se excusa, se acusa), pues la judicatura proba no teme a la luz de la verdad, y solo aquel juez o magistrado que se reconozca en las conductas aquí reprochadas manifestará su propia culpabilidad.
«Cuando la justicia se aparta de la moral, el juez ya no es un ministro de la ley, sino un cómplice del crimen». — Francisco de Quevedo
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario y broadcaster
crisantogleon@gmail.com


