– Por Crisanto Gregorio León (El Templario)
«Cada lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo.» — Marcel Proust
El fenómeno que ocurre cuando me lees es un misterio que renuevo contigo en cada página, un lazo invisible donde uno mi mente con la tuya en un instante de absoluta coincidencia. Cuando recorres estas líneas, no estás consumiendo información pasiva, sino que participas activamente en la construcción de un puente que conecta tu mundo interior con mis palabras impresas. Sé que es común que te preguntes cómo es posible que un texto que redacté en la soledad de mi escritorio parezca describir con precisión milimétrica tus propias vivencias, tus miedos, tu comportamiento ético, o tu conducta errática y corrupta, tus dudas más profundas o tus certezas ocultas. Este vínculo no es una casualidad, sino el resultado de que escribo buscando un lenguaje que actúe como un espejo limpio, donde tu mente proyecte su propia verdad. Mi palabra escrita posee la maravillosa propiedad de despojarse de mi intención original para entregarse por completo a ti, que me descifras. Por eso, al identificarte en mis párrafos, lo que realmente experimentas es el maravilloso reencuentro con tu propia psique, utilizando mi voz como un simple catalizador de tu propio pensamiento. Exclamaciones como estas asaltan tu conciencia: «¡Me ha descubierto!, ¡me ha expuesto!, ahora todos saben que se trata de mí». Lo que a veces te gusta pero otras veces te incomoda, dependiendo de tu aura.
Esta correspondencia intelectual y emocional que sostengo contigo carece por completo de distinciones biológicas, etiquetas sociales o barreras ideológicas que pretendan encasillar nuestra experiencia compartida. Articulo mi mensaje de manera universal, omitiendo deliberadamente cualquier marca de género para que tú, sin importar quién seas, encuentres un sitio exacto en mi lectura. Al no dirigirme específicamente a nadie y a todos, transformo mi texto en un territorio neutral, un patrimonio de la condición humana en su sentido más amplio. La ausencia de un destinatario exclusivo permite que mis palabras fluyan con una flexibilidad asombrosa, adaptándose con total naturalidad a tu fisonomía emocional en el momento en que te acercas a ellas. Establezco un diálogo directo entre nuestras conciencias que prescinde de los condicionamientos externos para enfocarse en la esencia viva de tu propia percepción. Así, la aparente especificidad que percibes no es más que la extraordinaria plasticidad de un discurso que concibo para que te pertenezca por igual.
En este lienzo de tinta pretendo ofrecerte un reflejo integral de la complejidad de nuestra naturaleza común. Porque como decía Terencio, yo soy humano y todo lo que es humano no me es ajeno. En mis escritos puede verse retratada la persona de proceder íntegro y honesto, descubriendo la reafirmación de sus principios, de la misma manera que el pícaro o el corrupto encuentra un eco de sus propias perversiones. No diseño mis palabras para clasificar tus conductas en categorías rígidas, sino para capturar los innumerables matices del comportamiento humano, desde tu introspección reflexiva hasta tu impulso más audaz. Al prescindir de la identificación con nombre y apellido, abrazo la totalidad de tu experiencia, permitiendo que virtudes y picardías coexistan bajo la misma luz interpretativa. Tú tomas de mi escrito aquello que sintoniza con tu santidad o con tu perversión, convirtiendo mi artículo en una suerte de confesionario laico donde puedes verte reflejado o reflejada. No juzgo tu rectitud ni tu sagacidad; simplemente te ofrezco un testimonio escrito donde cualquier actitud tuya encuentra un espacio idóneo para mirarse de frente.

El verdadero misterio radica en el proceso de apropiación profunda que tú ejecutas de forma casi inconsciente mientras avanzas con atención por cada una de mis líneas. Mis frases se transforman de inmediato en una propiedad compartida, donde mis intenciones se disuelven para dar paso prioritario a tus propias proyecciones individuales. No te impongo una visión unívoca, sino que te entrego una partitura abierta dispuesta a ser ejecutada por la ingeniosa orquesta de tus recuerdos y tus experiencias previas. Por esta misma razón, cuando sientes con vehemencia que una oración mía fue redactada exclusivamente para atender tus virtudes o defectos, estás presenciando el asombroso fenómeno de la resonancia cognitiva. Tu mente realiza una labor minuciosa de selección y anclaje, rescatando los fragmentos precisos que mejor se acomodan a tus inquietudes del presente. No poseo en absoluto el don de la clarividencia ni de la telepatía, ni soy legeremante; es la asombrosa agudeza de tu mirada la que dota de un sentido personalizado, íntimo y único a mis artículos.
Mi propósito fundamental al escribir es propiciar un entorno verdaderamente común, un punto de encuentro donde nuestras mentes coincidan sin las molestas restricciones del espacio físico o temporal. Si te sientes interpelado, conmovedoramente tocado o cuestionado por mis líneas, no estás haciendo otra cosa que reconocer tu propia humanidad a través de mi pensamiento. Siento que mi labor en el periodismo de opinión cumple su misión más alta y noble cuando logro derribar tu aislamiento individual, recordándote que nuestras corrientes internas son enteramente compartidas. Mis palabras son completamente tuyas porque siempre te han pertenecido; mi labor se limita a ordenarlas con esmero sobre el papel para que te reconozcas plenamente en ellas. Al cerrar este espacio de comunión, nuestra conexión permanece latente, demostrando que se te exalta la conciencia, porque eres una persona recta o moralmente disoluta.
«Leer es soñar de la mano de otro.» — Fernando Pessoa
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor universitario
crisantogleon@gmail.com


