Dr. Crisanto Gregorio León
«Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.» — San Mateo 7:2
La majestuosidad de la Roma imperial se desplegaba en su máxima expresión. Miles de ciudadanos se agolpaban en el trayecto, ansiosos por presenciar la apoteosis de su general victorioso. Desde el Arco de Tito hasta el Capitolio, la Vía Sacra era un mar de gente. El aire vibraba con el clamor de la multitud, el estruendo de los tambores y el agudo sonido de las trompetas que anunciaban la procesión. El general, montado en una cuadriga de marfil tirada por caballos blancos, avanzaba con el pecho henchido de orgullo. Su rostro, pintado de rojo para simular la imagen de Júpiter, reflejaba la gloria de sus conquistas. Detrás de él, desfilaban sus tropas, los cautivos encadenados y los fastuosos botines de guerra: oro, estatuas, y exóticos animales traídos de tierras lejanas, todo exhibido como prueba de su poder y su capacidad destructiva. En ese momento, el general se sentía un dios.
Pero justo detrás de su carro triunfal, había un esclavo que le susurraba al oído, casi en un susurro inaudible entre tanto bullicio: «Memento Mori»—recuerda que morirás—. Era una voz de humildad en medio de la euforia desmedida, un ancla a la realidad para un hombre embriagado por la vanidad. Este ritual, lejos de ser un castigo, era la más sabia de las lecciones, una advertencia contra el síndrome de Húbris, que en la mitología griega llevaba a los mortales a creerse dioses, un camino seguro hacia la perdición. Hoy, ese mismo espíritu nos exige una nueva advertencia: «Memento Damnatio»—recuerda que serás juzgado—. Es un recordatorio de que la soberbia del poder, la injusticia y el ego tienen un peso eterno y una condena ineludible. Como bien señalaba Marco Aurelio, «quien no tiene a la vista su propia muerte, no se conoce a sí mismo.»
Hoy, en un mundo donde el poder, el dinero y la influencia a menudo corrompen el alma, esta frase resuena con una urgencia renovada. Un ejemplo contundente lo encontramos en el ámbito judicial, particularmente en el caso de jueces penales, incluyendo preponderantemente los de violencia de género, que parecen caer en el riesgo de sucumbir al síndrome de Húbris, esa arrogancia derivada de la embriaguez del poder. Hay quienes, en su afán por llenar estadísticas para garantizar su puesto y adular a quienes los designaron, cometen graves injusticias, haciendo que «paguen justos por pecadores». Se percibe que el empeño no es buscar la verdad, sino condenar, incluso al punto de inventar pruebas o destruir aquellas que beneficiarían al acusado. Pareciera que para estos jueces, los presos y las estadísticas de condenas son los nuevos botines de guerra, y que a mayor número de hombres condenados injustamente, más se les hincha el pecho de una soberbia vacía. Sin embargo, «memento mori» nos recuerda que, más allá de los títulos y las posiciones, somos seres finitos, y que en cada hombre que injustamente condenan, están crucificando nuevamente al mismo Cristo.
Frente a esta soberbia del poder terrenal, se alza la verdad de un juicio superior e ineludible. Tan cierta es la Resurrección de Jesucristo—el evento que destruyó el poder de la muerte y que es el cimiento de nuestra fe—, como que todos compareceremos ante el tribunal del Creador. No importa si uno cree o no; la verdad de esta realidad no depende de nuestra aceptación. La existencia de fenómenos inexplicables, como los milagros eucarísticos en Tixtla (México), Buenos Aires (Argentina) o Legnica (Polonia), se erigen como pruebas de lo divino. Los análisis científicos de estas hostias han revelado que la sangre es de tipo AB positivo, y que el tejido corresponde a músculo cardíaco humano en estado de agonía, una evidencia que apunta directamente a la presencia real de Cristo. A esto se suman las apariciones marianas en Lourdes y Fátima, y eventos como la inexplicable preservación de la tilma de Juan Diego o la aparición de la Virgen de Coromoto en Venezuela. Es un recordatorio de que cada uno de nuestros actos en la tierra tiene consecuencias en la cosmogonía de nuestra alma.
El gran jurista italiano Francesco Carnelutti, en su profunda reflexión sobre la justicia, entendió la necesidad de este recordatorio. Como humanista y creyente, Carnelutti nos instaba a mirar al acusado no solo como un criminal, sino como un ser humano, un prójimo, que también está llamado a rendir cuentas, no solo ante el tribunal de los hombres, sino ante el de Dios. Su visión nos enseña la importancia de la compasión y la humildad, incluso en el ejercicio del poder judicial, porque todos, en última instancia, estamos en el mismo camino hacia la eternidad. La justicia, según Carnelutti, no debe ser un acto de venganza, sino de redención y entendimiento.
«Memento mori» no es un mensaje de pesimismo, sino de consciencia. Nos llama a reflexionar sobre la fugacidad del poder y a recordar que nuestras acciones, por muy insignificantes que parezcan, tienen un peso eterno. Nos invita a servir con humildad y a actuar con la certeza de que, al final, daremos cuentas.
«Se puede ver la vida de una manera optimista y creer que vivimos para siempre. Pero cuando se recuerda que se va a morir se tienen más razones para hacer las cosas bien.» — Francesco Carnelutti
Profesor Universitario


