Por Dr. Crisanto Gregorio León
«Un libro debe ser el hacha para el mar congelado dentro de nosotros.»
—Franz Kafka
En el vasto ya menudo desolador universo kafkiano, la sociedad se presenta como un inmenso «baile de máscaras”. Pero, ¿qué ocurre cuando alguien, por naturaleza y convicción, nunca ha poseído una máscara? ¿Cuándo se adentra en el epicentro de este simulacro con el rostro desnudo de la verdad, con una inocencia inquebrantable? Esta es la cruda realidad del abogado que, en el complejo escenario de un proceso penal, irrumpe con su auténtico ser , creyendo firmemente en la pureza del sistema, en la inmaculada balanza de la justicia y en la supuesta honestidad de quienes la administran.
Este profesional llega con la fe intacta en que la legalidad, la verdad material y la probidad serán los pilares de cada actuación. Su credulidad, sin embargo, pronto se topa con un muro invisible. Descubre que el proceso, lejos de ser un camino recto hacia la verdad, es una compleja trampa, una coreografía de manipulación donde cada paso está preestablecido. Se da cuenta de que las acciones de jueces, fiscales, peritos e incluso la fuerza policial, no son más que ecos de órdenes superiores, hilos invisibles manejados por una mano oculta que dirige la gran orquesta. No hay autenticidad; actores solistas interpretando papeles.
La verdad, ese principio rector que debería guiar cada diligencia, es sometida a un proceso de metamorfosis aterrador. Lo que no está en las actas no existe en el mundo, como bien se sabe. Pero lo verdaderamente perverso es cómo aquello que sí figura en ellas es tergiversado, alterado, diluido hasta perder su autenticidad. Los hechos se retuercen, las pruebas se ignoran, y los pronunciamientos judiciales se convierten en herramientas para hacer invisible la verdad, para que esta simplemente desaparezca bajo el peso de un formalismo viciado o una interpretación amañada. La verdad procesal es una construcción artificial, manipulable, una ficción conveniente que se impone sobre la realidad palpable.
La sombra de la manipulación
Detrás de este velo de apariencias, existe una profunda ausencia de dignidad, honestidad y lealtad. Ese concepto de lealtad procesal del que hablaba el insigne jurista Francesco Carnelutti, donde las partes y el propio tribunal deben actuar con buena fe y respeto mutuo por la verdad, se desvanece como humo. Observamos cómo muchos jueces, que deberían ser garantías de la imparcialidad, ceden a presiones externas, obedeciendo a otros jueces o poderes fácticos que manejan los hilos ocultos de los procesos. La independencia judicial se convierte en un espejismo, y la promesa de justicia, en una burla.
Es en este punto donde la deslealtad alcanza cimas grotescas. Imagínese al abogado sin máscara, con la honestidad y la decencia como únicas armas, creyendo haber desentrañado la madeja de la falsedad, habiendo detectado la falla crucial en la armadura del adversario o en la argumentación de la sentencia. Él sabe que ha ganado, que la justicia, por fin, está a su alcance. Pero entonces, la maquinaria oculta se pone en marcha con una velocidad asombrosa. En un abrir y cerrar de ojos, con la rapidez de un pestañear, los fundamentos de las sentencias se alteran. La redacción se corrige de manera tramposa y arbitraria, no para enmendar un error genuino, sino para cubrir las huellas de la iniquidad detectada por el letrado.
Este cambio vertiginoso en la motivación de una decisión judicial no es un mero tecnicismo; es un acto de cobardía y perfidia. Es la manifestación más palpable de la fealdad del espíritu de quienes, detrás de sus máscaras, creen haber engañado al abogado ingenuo. Se retratan a sí mismos en su bajeza, convencidos de su astucia.
El Juicio Ineludible y el Terror de la Conciencia
Porque, a pesar de la densa niebla de la hipocresía que intentan esparcir, la verdad no se diluye por completo. Permanece latente, esperando su momento. Los jueces humanos, sean hombres o mujeres, que hoy actúan con jactancia y prepotencia, con un elevado humo que les sube a la cabeza por el poder de sus cargos, cometiendo injusticias y urdiendo trampas al momento de sentenciar y juzgar, no deben olvidar que su actuación no quedará impune.
Con nulo temor a Dios, liberan a culpables y condenan a inocentes, sabiendo perfectamente la verdad. Creen que nunca serán juzgados por sus actos en contra de gente inocente, por todas las ofensas a la ley ya la verdad, y por haber tergiversado las actas y las sentencias para metamorfosear la verdad y que esta no salga a la luz.
Pero hay un juicio que va más allá de los tribunales terrenales, un tribunal del que no podrán escapar. Porque así como el atormentado pecador, en la oscuridad de su noche, puede sentir que «se le sube el muerto» —esa parálisis del sueño donde el cuerpo se niega a responder y la mente es asaltada por sombras y presencias opresivas—, mismo así, la conciencia de quienes cometen injusticia no podrá huir. Esa sensación de inmovilidad y terror que el folclore atribuye a espíritus malignos, es, en realidad, el clamor ineludible del alma que se sabe culpable.
Estos jueces serán juzgados ante el tribunal de Dios, no por fantasmas populares, sino por la implacable verdad de sus actos. La justicia divina es ineludible. Creen engañar al abogado ingenuo, pero en realidad se están engañando a sí mismos. Porque, como una verdad inmutable que trasciende cualquier artimaña procesal y cualquier máscara, a Dios nadie lo engaña . La dignidad y la rectitud de su juicio final no admiten máscaras ni subterfugios.
La resiliencia del profesional auténtico reside en saber que su batalla no es solo legal, sino también ética y moral. Aunque el sistema parece diseñado para aplastar la integridad, cada acto de resistencia, cada revelación de la impostura, es un pequeño triunfo. La lucha contra la manipulación, contra aquellos que en un abrir y cerrar de ojos trastocan la ley para su beneficio o el de terceros, es un recordatorio constante de que la verdadera dignidad reside en la inquebrantable adhesión a principios, incluso cuando el entorno conspira para corromperlos.
El drama del proceso penal, entonces, no es sólo la confrontación entre acusación y defensa, sino la eterna pugna entre la luz de la verdad y la sombra de la falsedad. Es el abogado sin máscara, un Quijote moderno, que se atreve a desafiar los molinos de viento de la hipocresía judicial, sabiendo que su mayor victoria no siempre será la que se escribe en una sentencia, sino la que se graba en la inalterable conciencia.
«La verdad es lo que el hombre necesita;
solo la verdad puede dar a la vida un significado.»
—Franz Kafka
Dr. Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario
crisanto.leon@email.com


