«No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?». — (1 Corintios 10:21-22)
Llamado especial a la conciencia de jueces y fiscales: Cuando tú, como operador de justicia, cometes perjurio, prevaricas o coaccionas y manejas a los órganos de prueba para que declaren falsedades, estás cometiendo una afrenta directa contra la majestad de Dios. Poner las Sagradas Escrituras en manos de un perito, un policía o un testigo para hacerlos jurar solemnemente que dirán la verdad ante el Creador, sabiendo que sus testimonios son falsos, actas forjadas o firmas no corroboradas, constituye una aberración institucional que destruye la tutela judicial efectiva, la presunción de inocencia y el debido proceso. Aquel funcionario que propicia, promociona y se presta como sujeto activo de esta corrupción en los tribunales, no solo viola la ley humana, sino que manipula lo sagrado para convalidar la mentira y rendir pleitesía a Satanás. La ley del Altísimo es categórica al respecto en Éxodo 20:7: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano». Quien instrumenta el falso testimonio bajo el amparo de la divinidad debe saber que su ruina trasciende este siglo, pues como lo sentencia Proverbios 19:9: «El testigo falso no quedará sin castigo, y el que habla mentiras perecerá». Con estas obras oscuras, el juzgador se burla de Dios y consagra su estrado al servicio directo de Lucifer.
Los recintos de justicia son campos de batalla espiritual donde cada dictamen, acusación y actuación debe manifestar una rectitud inquebrantable. No existen terrenos neutrales en la economía de la salvación; los operadores del sistema, por la naturaleza trascendente de su investidura, están diseñados exclusivamente para rendir culto, sumisión y pleitesía a Dios Todopoderoso a través de la verdad y de actuaciones limpias. El juzgador y el fiscal tienen el deber sagrado de honrar ese propósito divino, pero cuando deciden hacer todo lo contrario y tuercen el derecho, traicionan su diseño original. Quien pasa sus días rindiendo pleitesía a la codicia extorsiva, al forjamiento de expedientes, a la soberbia del cargo y a la injusticia institucionalizada, está entregando su voluntad a las fuerzas del enemigo. Al final de los tiempos, el operador de justicia que eligió traicionar su propio oficio, traicionando con ello a Dios, será reclamada su alma por Satanás para compartir su destino de castigo perpetuo en el abismo, puesto que a ese yugo se sometió en la tierra de manera voluntaria. Por el contrario, si el funcionario sirvió con fidelidad incorruptible al Dios de los Cielos ejerciendo una conducta limpia y sin tachas, entonces el Altísimo lo recibirá con honores en sus atrios celestiales para adorarlo por toda la eternidad.
La mayor gravedad espiritual recae precisamente sobre aquellos profesionales que han sido llamados a ser los guardianes institucionales de la moralidad pública: el juez y el fiscal. Conforme a los designios de Dios, los magistrados y los fiscales deben ser hombres probos, honestos, puros y llamados a dictar y promover una justicia verdaderamente justa. Cuando un juzgador o un acusador se mantienen firmes e inquebrantables en la rectitud, su labor se transforma en una extensión de la misma judicatura divina en la tierra, asegurando su camino de salvación. No obstante, aquellos operadores jurídicos que traicionan su juramento y ejecutan una justicia injusta, cometiendo actos aberrantes de corrupción, prevaricación, cohecho o extorsión, cambian de bando espiritual de forma inmediata. Al convertir la ley en una mercancía para el beneficio propio o el atropello del inocente, estos funcionarios corruptos le rinden pleitesía directa al engañador Satanás y su destino eterno estará inexorablemente ligado al del abismo, sufriendo tormento y condenación perpetua.
En esta red de degradación ética, la responsabilidad alcanza también a aquellos abogados en ejercicio que se prestan para este juego de sombras. Cuando el abogado litigante, de manera consecuente con la iniquidad, ampara, promueve y patrocina estas actitudes fraudulentas a sabiendas de que lo que se está haciendo es incorrecto y en abierta ofensa a Dios, se convierte en un cómplice directo de la maldad. El profesional del derecho que decide ponerse del lado de la corrupción en los tribunales, abandonando la rectitud, está eligiendo conscientemente servir a Lucifer y darle la espalda a la justicia de Dios. Al convalidar el fraude procesal, los sobornos o la manipulación de pruebas para ganar causas ilícitas, estos abogados firman su propia sentencia espiritual. Entendiendo firmemente que la actividad de jueces, fiscales, policías, peritos y todos los órganos de prueba debe ser rendir adoración a Dios a través de la honestidad absoluta, cada operador que se niega a hacer trampas, que no miente, que no forja pruebas y que impide que un inocente vaya a prisión, está rindiendo un culto sagrado al Altísimo. Los falsos altares de la impunidad y el materialismo judicial son las trampas predilectas que el maligno utiliza para apartar a los juzgadores, fiscales y litigantes de la comunión con el Espíritu Santo, abriendo las puertas al dominio de las tinieblas de Satanás sobre la república.
El destino del alma de un magistrado, un fiscal o un abogado al concluir su paso terrenal no dejará espacio para la simulación ni para los arrepentimientos tardíos nacidos del miedo y no del amor sincero. Cuando el velo de la materia se rasgue, cada individuo se marchará de manera natural y sin apelación junto a aquel ser que fue el motor de sus acciones secretas en el estrado o en el litigio. Para los soberbios que sirvieron a la mentira y decidieron consagrar sus talentos a Satanás, avalando peritajes falsos y promoviendo el atropello procesal, el encuentro en el averno será la confirmación de su trágica y eterna sujeción al castigo eterno al lado del enemigo de las almas, el ángel caído Lucifer. En contraposición, para las almas justas que sufrieron persecución por mantener la honestidad, que soportaron la burla del corrupto y que consagraron su vida íntegra al Altísimo, la muerte será el glorioso despertar en el hogar del Padre. La promesa de consolación es absoluta: si tu vida la pasaste adorando a Dios con fidelidad inquebrantable en tu ejercicio, entrarás a sus atrios celestiales para ser un adorador eterno en su santa gloria. Es una ley de afinidad perfecta donde el amor divino reclama lo que por devoción le pertenece.
Para comprender a cabalidad el destino final del espíritu, es imperativo descifrar el alcance inteligible del pensamiento con el que cerramos esta columna. San Agustín expone magistralmente que la historia del mundo está dividida en dos grupos de seres humanos movidos por motores opuestos. El amor propio egoísta que desprecia la soberanía divina funda la ciudad terrenal del pecado y la iniquidad; mientras que el amor desinteresado hacia el Creador edifica la ciudad celestial de la santidad y el derecho eterno. El lector debe asimilar que su conducta diaria dictamina a cuál de estas dos ciudades pertenece su lealtad real, pues nadie puede habitar una patria espiritual cuyo amor no haya cultivado pacientemente en vida.
«Hay dos amores que han edificado dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda, en el Señor. Una busca la gloria de los hombres; la otra tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia». — San Agustín (De civitate Dei, Libro XIV, Capítulo XXVIII)
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario
crisantogleon@gmail.com


