De Ismari Marcano Dicurú
Hay libros que se leen y otros que se sienten. Frutos del Alma, es de los que habitan en la piel y dejan una huella en el alma. Es poesía, pero más es un relicario de afectos, un álbum de emociones donde la autora nos entrega con delicadeza, pero con una fuerza arrolladora, la esencia de su mundo interior. A través de versos que oscilan entre la nostalgia y la gratitud, la ausencia y la presencia, construye un espacio donde la memoria es perpetua y el amor sobrevive incluso a la muerte.
Desde la primera página, me topé con una obra muy personal, creo que lo más cercano que he leído de ella, es una confesión poética donde el tiempo se diluye y el sentimiento se impone. No hay distancia en estas palabras: son cercanas, casi susurradas, como si cada poema fuera una carta escrita a quienes han partido, pero que de alguna manera siguen habitando en cada rincón de ella.
Ismari, entiende que el verdadero duelo no es la pérdida, es la permanencia de lo perdido en la cotidianidad, en los silencios, en la textura del aire. Y es ahí donde floreció esta belleza, en la intersección entre lo tangible y lo inasible. Un canto a los que nunca se van.
Uno de los grandes aciertos, es su manera de rendir homenaje a los ausentes sin caer en la melancolía estéril. Cada poema es una conversación con la memoria. En “Cierren ya la ventana”, la voz poética se despide con una solemnidad que duele, pero ilumina:
«Me llevo la gratitud por esta casa
Me dio cobijo
No abandonó mis corrompidos huesos por la enfermedad»
Aquí no hay lamento, hay una especie de ritual donde la despedida se convierte en un acto de amor, en una promesa de regreso al río, a la selva, al sol. La patria, el hogar y la familia, son hilos que se entrelazan mucho, creando una narrativa poética que se sostiene en la evocación.
Esta misma devoción por los afectos se traslada a “Poemamiento a mi padre Guillermo”, un poema que es un ajuste de cuentas con la infancia. Es una herida abierta que se sutura a través de la palabra. La hija que escribe aquí, ama a su padre, pero lo confronta con la sinceridad de quien busca respuestas:
«Crecí comparándome
Realicé más y mejores cosas
y tú ni cuenta te diste»
Es un poema que duele porque es honesto, porque en él, habita la frustración de lo no dicho, de lo que pudo haber sido y no fue. Aunque, en medio de esa maraña de sentimientos no resueltos, emerge la certeza inquebrantable del amor:
«Te quiero mucho Padre
y esa canción no cambiará»
Ese es quizás el mayor don de la poeta: su capacidad de transmutar la nostalgia en una afirmación de vida, de convertir el dolor en un poema que se resiste a desaparecer.
Las mujeres de la memoria, es un linaje de amazonas.
Dentro de la estructura, hay un apartado que destaca por su belleza y significado: los poemas dedicados a las mujeres de su familia, a quienes la autora llama “Las Amazonas”. Este conjunto es un tributo a la resiliencia femenina, un mosaico de vidas marcadas por la lucha, la ternura y la fortaleza. Cada uno de estos poemas es una miniatura de amor y reconocimiento.
En detrás de la bruma, dedicado a su madre, Marcelina, la describe como una presencia inquebrantable, una luz en medio de la adversidad:
«Tú
Siempre das todo
Sin reclamos espinas
Eres furor encanto
No te desvaneces
Ni te decepcionas»
Pero el linaje de las Amazonas no termina ahí. También están Selandia, Donasia, Berzaida y muchas otras mujeres que forman parte de la genealogía afectiva de la autora. Todas ellas aparecen en estos versos como guardianas de la memoria.
Este homenaje refuerza la idea de que la poesía puede ser un acto de gratitud y consolida una de las grandes líneas temáticas del libro: el amor como legado, como algo que se hereda y se transforma en palabras.
La poesía como destino.
Más allá del ámbito personal, Ismari rinde tributo a figuras icónicas de la literatura. En sus páginas desfilan Alfonsina Storni, Mario Benedetti, César Vallejo, José Martí, Aquiles Nazoa y Miguel de Cervantes, entre otros. Con cada uno de ellos, establece un diálogo poético, un reconocimiento a quienes con su pluma marcaron la historia de la palabra.
Estos poemas no son meros homenajes; son testimonios de admiración profunda, de una conexión con el verbo que va más allá de la lectura y se convierte en una experiencia vital. En “A César Vallejo”, por ejemplo, la voz poética se funde con el dolor del poeta peruano, con su lucha incesante contra la injusticia y el olvido:
«No hubo silencio sin llanto
Al abrirse los ojos de la aurora»
Aquí, el verso es resistencia, es memoria viva, es la confirmación de que la poesía nunca muere, se multiplica en quienes la leen y la escriben.
Frutos del Alma, es de esos libros que, al cerrarlos, siguen habitando en el lector, en su manera de recordar, de mirar al pasado y de enfrentar la vida, ideal para quienes tienen personas que trascendieron y viven en el alma, seguro te estremecerá y hará llorar como a mí, recordando a esos que se fueron y recuerdo cada noche con amor.
Leer estos poemas es caminar por los pasillos de la memoria, es reencontrarse con los propios afectos, es comprender que la poesía es un arte y una necesidad del espíritu.
Richard Sabogal
Escritor, poeta, editor y crítico literario.


